Cactáceas mexicanas

Autor invitado: Roberto Pedraza

Las cactáceas mexicanas son uno de los grupos de plantas que más identidad le dan al paisaje mexicano. En sus orígenes más remotos, hace decenas de millones de años, las primeras cactáceas aparecieron en el norte de Sudamérica, de donde migraron en distintas direcciones, mas encontrando en el territorio mexicano las condiciones ecológicas más favorables para que las mismas evolucionaran en una increíble diversidad de formas, que hacen de México el país más rico en especies de cactos, siendo su principal centro de especiación y endemismo a nivel mundial. Estas plantas se distribuyen desde el suroeste de Canadá hasta la Patagonia, exceptuando las regiones con climas muy fríos, encontrándose incluso en las selvas siempre-verdes o los húmedos y fríos bosques de niebla. De las casi 1500 que se estima existen en el continente, en México se han registrado 560 especies de 50 géneros diferentes, creciendo la mayoría de ellas en regiones desérticas, que corresponden a casi el 50% del territorio nacional. Casi el 73% de los géneros y el 78% de las especies son exclusivamente mexicanas. Las condiciones del clima determinan el establecimiento de este tipo de plantas y otras, bien adaptadas a la escasa humedad atmósferica y lluvia anual, como los son algunas especies de árboles, pastos, arbustos, plantas crasas, agaves, sotoles y cactáceas, grupo que se distingue por la variedad de sus formas y tamaños, que llegan a alcanzar en el caso de los saguaros del desierto Sonorense más de los cinco metros de altura. Las adaptaciones que con mayor frecuencia se encuentran en estas plantas es la presencia de numerosas espinas, hojas gruesas o crasas con poca exposición al sol para minimizar la transpiración excesiva o la pérdida de ellas durante la temporada seca o en el caso de las cactáceas, cuerpos  gruesos y cilíndricos que son auténticos depósitos de agua. En nuestro estado la zona árida ocupa buena parte de su territorio, (aproximadamente 3,300 km2 en el sur, centro y norte del estado) alcanzando su máximo esplendor y diversidad en la cuenca del río Extoraz, área a la que muchas personas se refieren de manera despectiva como “los cerros pelones”, cuando en realidad se trata de un ecosistema muy antiguo y respetable y que alberga una sorprendente variedad de formas de vida, englobadas bajo el nombre de matorrales xerófilos. La porción queretana de estos forma parte de uno de los desiertos más antiguos y estables de México junto con los de San Felipe en Baja California y el Tehuacan-Cuicatlán entre Puebla y Oaxaca con cerca 50 millones de años de antigüedad, además de constituir el extremo sur del desierto Chihuahuense. Desde que la Sierra Madre Oriental se plegó por la tectónica de placas, contamos con los matorrales xerófilos de la cuenca del Extoraz, cobijados de la excesiva lluvia por las altas montañas que detienen el aire húmedo del Golfo de México.

Su distribución altitudinal es amplia, desde los 1,100 en la margen del río Extoraz hasta la fría y ventosa cumbre del cerro de la Pingüica a 3,100 msnm, sus condiciones de sequedad (350 a 650 mm anuales), se deben a la sombra de lluvia que provocan las altas cumbres de la Sierra Madre Oriental, que ha permitido el desarrollo de ricas comunidades vegetales, pues lo que se denomina como matorral xerófilo presenta a su vez variantes determinadas por las condiciones de suelo, exposición, altitud y precipitación como los matorrales rosetófilo, micrófilo, crasicaule, submontano y el encinar arbustivo, cada uno de ellos con sus propias asociaciones vegetales. Su flora es rica y de sus especies varias se encuentran amenazadas o en peligro de extinción, además de albergar especies exclusivas al territorio estatal. Dentro de la RBSG cubren una superficie de aproximadamente 56,000 ha. Características de este ecosistema lo son plantas como órganos, peyotes, nopales, biznagas, garambullos, biznaguitas, sotoles, guapillas y gobernadoras, etc…, entre las que se encuentran especies endémicas, exclusivas a nuestro estado u otras amenazadas por un larga tradición de saqueo y comercialización a nivel nacional, los burros que ahora sin oficio se pasean por la carretera federal 120 que lastiman un gran número de cactos al año, el pastoreo de cabras o la ampliación y construcción de nuevas vías de comunicación, poniendo en riesgo un ecosistema que lleva mucho más tiempo que nosotros los humanos en este planeta y la Sierra Gorda.

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